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viernes, 2 de enero de 2015

"La misteriosa debilidad de los rostros humanos" -Sartre

¿Qué decirte que no te hayan dicho otros?
Caen desde el puente los cuerpos, 
y yo, narrador incomprendido,
quiero ser uno de ellos.
(Caer como la lluvia desde mi propia cúpula)
Bailar para siempre en Nochevieja. Ojalá. Siempre estaría en mi el sentimiento de ilusión por un nuevo canto de ruiseñor, entre el pasado y un futuro inapelable -de caos, de desastre-.
Y danzar así en la plaza, entre el contoneo de los cuerpos, entre idiomas extranjeros...
Sentabanse una en frente de la otra; una de ellas parecía más confiada y estiraba como podía su cuerpo hacía la otra, esta no se movía, miraba con una sonrisa juguetona, -ideaba y reflejaba en su mente guiones de películas que calmarían su apetito alexitímico (era Genio quien interpretaba los sueños, era este quien daba lo que apetito necesitaba)- y miraba.
Miraba como las equivocaciones (palabras mal colocadas en los cajones, otras sílabas inconformistas se resistían a mantenerse en su lugar) y como por sus mejillas corrían consabidas lágrimas de agua de rosas, sin sal, sin la pasión y terribilitá o dinamismo con la que se caracterizaba anteriormente.
Sabían el final antes de que se acabasen sus comienzos preliminares, pero una de ellas esperaba que todo fuera diferente y la otra que pasase pronto antes de que su lengua recorriese las curvas de su cuerpo y descarrriase hacía el desfiladero de sus pechos.
Querían fragilidad porque encontraron en ella la mejor representación de la realidad.
Los mensajes no obtenían contestación, con el paso de los segundos eso iba dejando de tener importancia.
No querían perder la belleza humana comportándose como animales, pero como era inevitable, como tantas otras cosas, hicieron lo más humano posible; cambiaron la tesis. 
Las bestias intimas, aún axomáticas de sentimiento, eran belleza frágil. 
El silencio tenía esa noche un sonido horrible, me daba la intimidad compartida que tanto aspiraba a tener, pero le tenía miedo, era ruidoso y me hacía pensar... hacía que doliese el corazón por la desidia de mi cuerpo y mi mundo.
Regueros de sangre y literatura recorrían mis rizos, a caballo entre cabellos del mejor carboncillo.
En el papel era perfecto, pero el desastre metafórico era el vaso de agua rebosante que empapaba el folio sin remedio.
No hacían más que asentirse la una a la otra. <<Vas a perder de todos modos>> pensaba pesimista la que por fin se atrevía a aceptar las caricias y entrar en las profundidades de dos vírgenes de papel y celulosa.
©Alex Usquiano
Alex Usquiano

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