La chica del vestido rosa, con bolsillos gigantes para guardar los pañuelos que empapa, o la chica que se esconde y huye, y no sabe que lo hace, huir parece la última moda, o la chica de las gafas demasiado grandes para su cara que quiere escabullirse de la sociedad y de su vida y perecer, perecer en la oscura esquina, en la perecí yo hace muchos años. O el chico roto y desperdigado, perdido entre tantas opciones inútiles, o aquel que toca el piano para acariciar algo vivo, o aquel enfadado con el mundo y con él mismo que pretende romper el silencio de sus sueños para hacerlos desaparecer, al final todo eso va a la esquina donde perecemos los que quisimos hacerlo, y los que quieren hacerlo, al final no estás completamente solo allá abajo, no, en realidad estás dentro de un sótano repleto de trozos con vida y sin ella, que abandonamos por innecesarios.
Y parece que reniego y parece complicado ser tú, porque todo requiere un mínimo esfuerzo por ser alguien, por ser un alguien sucio y desprovisto de ideas morales, por ser un alguien obligado a tragar frases escritas por seguidores de Nirvana los cuales no saben quien es Nirvana. No creo que la mitad de la población adore la música, no creo que ni la mitad de la población aprecie su sonido, pero por ahí van.
Por ahí van todos en la misma dirección, pero luego estoy yo, y algunos más, los cuales nos paramos y decimos, que no nos gusta, que no lo entendemos, que preferimos otra cosa. Ser nosotros.
Me gustaría hablar, y algo me calla, unos lo llamarían vergüenza, pero yo lo llamo evitar un desperdicio de saliva con un grupo de gente incapaz de pensar por sí mismos.
Así que siempre tienes que ser alguien, tienes que amar a alguien, y tienes que escribir obligatoriamente de amor, porque parece que el único sentimiento que hace florecer las lágrimas de felicidad es el sentimentalismo saturado.
¿Y después de todo esto que hacer? Dormir en camas confortables y calentitas y soñar que somos chicas, simples chicas, que caminan por un muelle inacabado, el cual para seguir caminando se tiran al agua y nadan, sin miedo de los que se quedan al final del corcho, sin miedo de los que se ahogan porque dejan de nadar, y sin nada más que un libro pesado en tú mochila de búhos incrustados. Y alejarse, porque tú lo has decidido, de esa oscura esquina, en la que rompiste unos ojos perdidos y llorosos y empezaste a dejarte llevar por la corriente helada que arrastra a las tortugas marinas a su playa favorita.
| ~Efectivamente, cariño... |